—Sí.

—¿No le ha dado a usted la impresión de una cosa ridícula?

—En absoluto.

Valdés me contó, concisamente, algunos detalles de las acciones en que había intervenido.

Después de cenar y tomar café comenzamos a pensar en el informe.

—No creo que le pueda decir a usted nada nuevo, pero en fin, le daré mi opinión—me dijo Valdés—. Don Carlos, aunque probablemente no es hermano de Fernando VII mas que de madre, tiene condiciones muy parecidas a él: es astuto, desagradecido, egoísta; se puede decir de él lo que de Fernando dijo un escritor francés: «Corazón de tigre y cabeza de mula». Don Carlos, como casi todos los Borbones, tiene la inclinación por la intriga, el favoritismo y la bajeza. Es verdad que ha odiado a Zumalacárregui, como odia a Maroto, a Cabrera y a todos los hombres fuertes, exaltados y valientes.

—Es decir, que es un miserable.

—Si a mí me gustaran los epítetos fuertes, no me parecería mal llamarle así.

EQUILIBRIO CARLISTA

—Para mí, al menos—siguió diciendo Valdés, después de contarme algunas anécdotas que ya conocía—hoy, los elementos importantes en el carlismo son Maroto, Arias Teijeiro, el padre Cirilo y el cura Echeverría. Cada cual tira por su lado; la fuerza de un grupo balancea la del otro, y así se establece el equilibrio. El día que uno de estos soportes del carlismo se quiebre, el equilibrio se perderá y todo el tinglado se vendrá abajo. Maroto tiene la fuerza material, pero no cuenta con la confianza del rey ni con los fanáticos; Arias Teijeiro cuenta con el rey, pero no con el ejército; el padre Cirilo es inteligente, intrigante, capaz de todo, pero su fuerza está en una sacristía, en un palacio o en un salón, pero no en el campo; el cura Echeverría tiene partidarios entusiastas en el pueblo, pero es tosco y con él están solamente los brutos, como se ha llamado a sí mismo el general Guergué.