GABRIELA LA RONCALESA

La muchacha que le acompañaba se llamaba Gabriela Sarriés, y la decían Gabriela la Roncalesa. Era alta, huesuda, rubia, de un rubio de color de panocha, con los ojos claros, las facciones un poco duras, el aire enérgico e inteligente.

Gabriela era contrabandista; tenía una mula, que cargaba de género en Francia, y que introducía en Guipúzcoa y en Navarra.

Gabriela solía hacer sus compras en casa de Iturri; y por Iturri, Aviraneta se entendió con Gabriela, y luego, con Bertache.

Mientras bebimos, estuve yo contemplando a esta pareja, y Bertache estudiándome a mí. Gabriela no separaba los ojos de su amante. Se veía que estaba locamente enamorada de él.

Comprendí que Bertache sentía una gran antipatía por mí. Sin duda, me consideraba como un joven rico, mimado por la fortuna.

Bertache era el mozo guapo del pueblo, acostumbrado a romerías y a fiestas, a quien las mujeres adoran, y que va por la pendiente del donjuanismo haciéndose cada vez más violento, más orgulloso y más canalla. Un rival para él debía ser algo muy odioso.

Bertache era un hombre despistado, de poca penetración psicológica. Se veía que le costaba trabajo el comprender la manera de pensar de los demás. Yo le sorprendía. Sin duda, daba vueltas en su cabeza a la idea de quién sería yo y qué importancia tendría.

¡DINERO! ¡DINERO!