Bertache me dijo desde el principio, ásperamente, que lo que se necesitaba era dinero. Con dinero él era capaz de todo.
Me contó fríamente cómo habían asesinado al brigadier Cabañas, hijo del ministro de la Guerra de Don Carlos, en un caserío llamado Saracoíz, hacia Cirauqui, por órdenes del comandante Aguirre y del general García.
Lo habían matado entre el subteniente Urcáiz, los soldados Salaverri, Santacilia, Nuin y él. Explicó cómo le dieron tres bayonetazos, le tuvieron dos horas herido, le cortaron una mano y, por último, lo tiraron a un arroyo próximo. Uno de los soldados se había quedado con el reloj de Cabañas.
Me chocó que Bertache no intentara exculparse. Contaba el crimen como si tal cosa. Después me explicó los antecedentes de la asonada que habían conseguido provocar entre el teniente del 2.º de Guipúzcoa, José Zabala, y otros sargentos y subtenientes, por la falta de pagas, en la que gritaron las tropas: ¡Muera la Junta! ¡Mueran los hojalateros! ¡Abajo los castellanos!, y ¡Vengan nuestras pagas!
Don Carlos y su corte estuvieron a punto de caer en las garras de la tropa amotinada, y si no ocurrió esto fué por haberse acobardado algunos sargentos en el momento del conflicto.
—Y si le cogen ustedes a Don Carlos—le pregunté yo—, ¿qué hacen ustedes con él?
—Le hubiéramos pegado cuatro tiros.
Bertache tenía odio por Don Carlos. En su naturaleza de felino, parecía que el único sentimiento espontáneo era el odio.
A consecuencia del motín de las pagas de Estella y de la muerte del brigadier Cabañas, Bertache y sus amigos estaban en entredicho, y Maroto había mandado que se comenzase un proceso para aclarar estos motines y muertes, aunque luego dispuso que se suspendieran las causas.
Bertache aparecía entre los intransigentes carlistas, y estaba entonces en Almandoz con unos días de licencia.