Azoté al caballo, que echó a correr al galope, y al poco rato sonaron, ya detrás, otros dos estampidos.

Yo me agaché en el pescante, por si disparaban de nuevo, y seguí azotando al caballo.

Poco después volvió a salir la luna.

A la hora llegué a Cambo y llamé en casa de Stratford. Me abrieron. Mi amigo estaba aún levantado y le conté, riendo, lo que me había ocurrido.

—El farol apagado a tiempo y el nubarrón le han salvado a usted la vida.

—Sí, es verdad.

Tomé unos bizcochos y una copa de Jerez y me fuí a acostar.

Al pensar en lo que me había ocurrido sentí una mezcla de terror y de placer al mismo tiempo.

—Tengo que tener confianza en mi estrella—me dije, y me restregué las manos con gusto.