EL GRABADOR

Se le había ocurrido a Aviraneta, basándose en la lucha de los marotistas contra los teijeristas, hacer creer a los exaltados que Maroto estaba afiliado a la masonería. Para esto había traído dos diplomas masónicos, y pensaba borrar los nombres que constaban en ellos y sustituírlos por el del general y por el del conde de Negrí.

La cosa resultó más difícil de lo que parecía.

Se emplearon varios procedimientos químicos para borrar la tinta, y no dieron resultado. Entonces se le ocurrió a don Eugenio mandar grabar un diploma igual que el masónico y utilizarlo poniendo el nombre de Maroto.

Esta idea fué el germen de un legajo de documentos falsos, que luego, más tarde, Aviraneta pasó al Real de Don Carlos, y que produjo un gran revuelo. A este legajo llamó el Simancas.

Barbanegre, el corrector de pruebas de la imprenta de Lamaignere, nos dirigió a un grabador, Meyer, que vivía en el Rempart Lachepaillet. Este grabador era novio de una de las chicas del andaluz Julio Díaz.

La casa del grabador era una casa antigua, pequeña; el primer piso, saliente sobre el bajo, y el segundo, sobre el primero.

Estaba pintada de un color verdoso sucio, ya descascarillado, y tenía un entramado de maderas negras al descubierto. Cada piso era de muy poca altura, y los techos no tendrían más de dos metros.

La puerta de la casa era gótica, con un llamador de metal, y en una de las dos jambas había una placa pequeña de cobre con este letrero: «Meyer, grabador cincelador».

Pasando la puerta se encontraba un pasillo húmedo y negro, y al final, un patio, y antes del patio, a mano izquierda, el rincón donde trabajaba el grabador.