Era un taller que tenía todo el aspecto de un taller medieval. Lo iluminaba una ventana grande, a poco más de un metro de altura, que daba hacia la muralla, y otra pequeña, que recibía la luz de un patio.
Cerca de la ventana grande tenía su mesa de trabajo el grabador, con sus planchas, sus buriles y sus piedras de esmeril. En la pared, en unos estantes, se veían frascos de ácido nítrico con agua, mezcla ya empleada en morder el cobre, a juzgar por el color azul que tenía.
Delante de la ventana pequeña y alta estaba el tórculo, un tórculo de madera, antiguo, donde sacaba las pruebas el grabador. Todo el pequeño taller, negro, se hallaba como barnizado de tinta, y los papeles blancos parecían allí de nieve.
Encontramos al grabador, que estaba recubriendo de barniz una plancha de cobre con un pincel.
Era un joven alto, rubio barbudo, encorvado, con anteojos, de cara indiferente.
—Yo venía a encargarle a usted un trabajo—le dijo Aviraneta.
—Usted dirá.
—¿Podría usted hacerme una lámina igual a ésta?
El grabador tomó la lámina que le presentó don Eugenio e hizo un ligero movimiento de sorpresa. Al instante, Aviraneta llevó la mano al hombro, y el grabador, poco después, hizo lo mismo.
Aunque me chocó el movimiento, no le di importancia.