—Esta lámina la puedo hacer—dijo el grabador—, pero tiene mucho trabajo. Tardaré bastante en concluírla.
—No me urge. ¿Cuándo podrá estar?
El grabador midió la lámina a lo largo y a lo ancho, y dijo que llevaría por grabarla quinientos francos, pero que tardaría algún tiempo en hacerla, porque no tenía plancha de aquel tamaño y le sería necesario encargarla a París.
—¿Quiere usted que le de, por adelantado, algún dinero?—le preguntó Aviraneta.
—Sí; no estaría mal.
Aviraneta le dió trescientos francos, y nos fuimos a la calle.
—Te habrás fijado que el grabador y yo nos hemos hecho el signo de reconocimiento de la masonería.
—¡Ah! ¡Qué bruto he sido! Lo he visto y no me he figurado lo que era.
Marchamos Aviraneta y yo a casa, separados.