DE NUEVO EL MURCIÉLAGO

Un par de semanas después volvimos al taller del grabador, y al salir para tomar la calle de España, don Eugenio y yo, cada uno por su lado, le vi al vecino del hotel, que me espiaba, al Murciélago. Esperé en el escaparate de una tienda a que se me acercara don Eugenio y le dije.

—¿Ve usted ése que va por la acera de enfrente?; es un hombre que me espía.

—Hay que saber quién es—dijo Aviraneta, que iba embozado hasta los ojos—. Ve tú a casa de la Falcón, parándote en las tiendas. Si él te sigue, yo le iré siguiendo.

Lo hicimos así, y yo fuí, como hombre desocupado, parándome en los escaparates, como si no hubiera notado la persecución, hasta la tienda de antigüedades.

Al día siguiente me avisó don Eugenio para que fuese a casa de Iturri.

—¿Sabes quién era el que te seguía?—me dijo.

—¿Quién?

—Un tal Salvador que nos hizo traición en la Isabelina. Está aquí ese granuja.

Me contó la historia de Salvador, que había sido uno de los mayores intrigantes de la época.