Habían trabajado en esta obra los zapadores ingleses, bajo la dirección del coronel Colquhoun y del comandante Vicars, de los Ingenieros Reales. En las paredes se veían escritos muchos nombres ingleses.
La pequeña guarnición del fuerte tenía el mismo aire de indisciplina que la de Lastaola. Había muchos visitantes, que andaban por el fuerte mirándolo todo. Llegaban, sin duda, del lado de Irún mujeres y hombres a ver a sus hijos, maridos y hermanos, que estaban allí acampados, y hablaban y revolvían como si estuvieran en su casa. Se veía claramente que la empresa de Muñagorri marchaba mal. Pepita la de Sara encontró a su novio, que era un jovencito con aire de niño, y estuvo hablando con él.
Yo, cuando me cansé de andar arriba y abajo, le avisé a la muchacha que iba a bajar, y se reunieron conmigo la Pepita y su novio.
Como me pareció que bajar a caballo desde el fuerte a la orilla del río sería difícil y peligroso, marchamos a pie.
El novio de la Pepita nos acompañó un rato.
Pepita me contó que su novio era hijo del sacristán de Biriatu, y había sido seminarista. Sus hermanos eran contrabandistas y atrevidos, pero a su novio le gustaban más los libros, cosa que le parecía absurda a Pepita.
Al ir descendiendo sonó un tiro a lo lejos, entre las ramas; no sé si de algún carlista o de algún cazador.
Llegamos a Lastaola, pasamos a la orilla francesa, y Pepita se fué a Biriatu, y yo marché a Hendaya, donde comí en el hotel del Comercio.
Unos días después supimos que el Bidasoa había subido repentinamente y que se llevó las tiendas del campamento de Muñagorri, dejándolo todo inundado, los cañones en el fango y sin comunicaciones con Francia.
Un par de semanas después el capitán Jauariz, que tanto miedo tenía a los que fomentaban la deserción, desertaba del campo de Muñagorri con sus soldados y se pasaba a los carlistas de Vera, y éstos incendiaban el campamento muñagorriano.