La chica de Sara se enteró de que su novio estaba en el alto de Pago-gaña, y vino conmigo.
Montamos a caballo; ella, a la grupa; comenzamos a subir el monte por un sendero estrecho, hasta llegar, a la media hora, a una explanada con un caserío. Vimos a una mujer y a un muchacho, que al vernos echaron a correr.
—¿Cómo se llama este sitio?—les pregunté.
—Erlaiz.
—¿Dónde está ese fuerte Pago-gaña?
—Ahí arriba.
Nos habíamos desviado un poco, y teníamos el fuerte encima. Hablamos la mujer y yo de los muñagorrianos, a quien ella tenía por unos holgazanes, y nos mostró cerca del caserío, como la única curiosidad del lugar, una piedra antigua, llena de musgo, con este letrero:
DESDE AQUÍ, LA DESERCIÓN
TIENE PENA DE LA VIDA
Le di al muchacho unas monedas para que nos acompañara al fuerte.
El fuerte era muy sólido; tenía la figura de un polígono de muchos lados, y dentro de su perímetro había un almacén de pólvora, un gran barracón de madera y varias tiendas de campaña.