—Usted, no.
—Señora...
—Qué, ¿me va usted a desafiar; me va usted a mandar los padrinos?
—Me atropella usted.
—No; usted es el atropellador.
—No creo que haya que juzgar los hechos sin aclararlos.
—Los hechos están suficientemente aclarados, y, en su consecuencia, le tengo que decir que no se acuerde usted para nada de mi hija, ni la escriba usted tampoco, porque ella está enterada de todo y no le contestará.
—Bueno. Está bien. Está bien—y me marché a la calle sin saber qué decir.
ME VOY
Cuando vi a Aviraneta en Bayona le conté lo que me había pasado, y le dije que para matar la pena iba a ir a París.