El general García era más viejo que Sanz, de unos cincuenta años, de cara seria, de malhumor, flaco, de bigote corto. Era brusco, bilioso, de modales toscos, mal hablado, amigo de la clase de tropa más que de los oficiales; enemigo de los forasteros y navarrista furioso. Tenía el aire de un atrabiliario. Habló de una manera muy jactanciosa y fanfarrona, como si despreciara profundamente a Maroto.
Aseguró que Sanz y él lo que querían sobre todo era comenzar las operaciones, cosa a que se oponía Maroto, porque indudablemente estaba de acuerdo con Espartero. Las señoras carlistas se entusiasmaban con los desplantes de García.
—¿Y si viene aquí Maroto?—dijo uno.
—Que venga. El pueblo se levantará contra él, y aquí mismo lo fusilaremos—contestó el general carlista.
Toda aquella gente tenía una tranquilidad y una seguridad un poco absurda.
Como yo no había podido hablar a María Luisa a solas, le dije que al día siguiente fuera a mi casa.
Fué quizá creyendo que le iba a importunar con galanterías; y le expliqué de qué se trataba.
—Creo que debe usted marcharse ya—le dije.
—¿Tiene usted miedo?—me preguntó ella.
—No; tengo miedo por usted.