—Pues yo, ninguno.

—¡No sea usted pedante!

—Me está usted cargando con eso. Váyase usted; no le necesito para nada.

—Bueno, bueno. Está bien.

María Luisa se despidió muy orgullosa de su valor.

Los días siguientes hizo un tiempo muy malo de frío y lluvia. Era poco agradable andar por las calles, llenas de barro. Entré en conversación con el fraile castellano que dormía en la alcoba inmediata y que cuidaba del oficial carlista enfermo. El oficial estaba flaco como un espectro. A cada paso tenía que levantarse de la cama. Habían llamado a un médico militar, y éste contestó que iría cuando pudiera.

En Estella había tifus, como en todos los pueblos donde estaban amontonados los soldados; pero yo no tenía aprensión alguna. En la casa no se tomaban precauciones, ni se separaban los vasos y cucharas que empleaba el enfermo.

El oficial no me pareció que estaba tan grave como decía el fraile, porque hablaba, aunque de noche se ponía ya pesado y empezaba a delirar. El fraile era castellano y marotista.

Me dijo que el proyecto de transacción entre carlistas y cristinos que se atribuía a Maroto era falso, y que lo había inventado el padre capuchino Larraga, para desacreditar al general en jefe.

Me contó cómo el cura Echeverría y el general García prepararon el asesinato del brigadier Cabañas, por castellano y moderado, y que los azuzó Arias Teijeiro.