Me describió a Guergué, que era un bruto violento, arbitrario, a quien movían como a un muñeco los palaciegos desde el Real; al general don Pablo Sanz, otro navarro, violento y voluble, de poco talento y entregado a la bebida; al brigadier Carmona, que era el más listo de todos, y al intendente Ibáñez, que era un fanático, de carácter siniestro, que no disfrutaba mas que haciendo daño, viendo prender o fusilar a alguien.

Escuché las confidencias del fraile, y me ofrecí a él por si necesitaba algo el oficial enfermo.

Le hablé luego yo de los capuchinos del convento de Vera, sobre todo del padre Gregorio, y me dijo que creía que éste se encontraba de oficial en las filas de Don Carlos.


V.
LAS TROPAS DE MAROTO

Llevaba ya una semana en Estella. Un día corrió el rumor de que Maroto se acercaba al pueblo con sus tropas. Me dijo el fraile de mi casa que el general había ido por Lecumberri a buscar Irurzun, y de allí bajaba por Riezu y Abarzuza. La emoción en el vecindario era enorme.

Salí de casa y encontré a Bertache en el puente del Azucarero. Me dijo que la cosa iba mal para los exaltados. Maroto había salido de Tolosa y parecía que venía a Estella dispuesto a pegar de firme.

Se dijo que Maroto había llamado al brigadier don Teodoro Carmona y le había dicho:

—Voy a Estella. Vaya usted primero y advierta usted a sus amigos García, Guergué y Sanz, que se preparen y se defiendan, porque, con sus mismas fuerzas, los voy a fusilar.