Carmona creyó que era una bravata para asustarles, y que, por lo mismo que lo decía, no haría nada.

Maroto estaba ya a las puertas de la ciudad.

—¿Qué pasará?—se preguntaban todos.

A media tarde comenzaron a entrar en Estella los soldados de Maroto. Yo los vi en patrullas desde la ventana de mi cuarto. En casa de mi patrona entraron seis, subieron a la sala y dejaron los fusiles en los rincones, y después las cartucheras y los morrales. Eran mozos castellanos.

—¿Estarán descargados los fusiles?—preguntó la patrona.

—Sí, señora; no tenga usted cuidado.

—Es que vienen los chicos de la vecindad y, jugando, pueden hacer un estropicio...

—Nada; no hay miedo. ¿Cuántas camas tiene usted, patrona?

—Cuatro; pero están ocupadas: una la tiene un oficial enfermo.

—Lo dejaremos tranquilo. En las camas, ¿cuántos colchones hay?