—Dos; y en algunas, tres.

—Bueno, pues se repartirán. ¿Tiene usted guardilla, patrona?

—Sí, señor.

—¿Se puede dormir allí?

—Sí, quitando unos trastos que hay. Ahora, que hará frío.

—Eso no importa; ya estamos acostumbrados. ¡Con tal de que no llueva dentro!

—No, no. Eso, no; no entra agua.

Se oyeron las botas pesadas del cabo y de otros soldados en la escalera, que subieron y luego bajaron, metiendo un ruido como si fueran un regimiento.

—Bueno—dijo el cabo—; tres dormirán en la guardilla; dos, en la sala, y uno, en la cocina. ¿Tiene usted algo que decir, patrona?

—Nada, nada. Veo que os hacéis cargo de las cosas y que sois unos buenos muchachos, que no queréis perjudicar a una pobre vieja como yo.