—Todos tenemos que vivir, señora.

—Es verdad, y no somos ricos.

—Ahora dígale usted a nuestro cocinero, que es este chico cigaleño, dónde puede hacer nuestra cena, y dele usted la leña y la sal.

—Voy al momento.

—Bueno, muchachos—dijo el cabo—. Vamos a ver qué hay por esas calles... ¡y viva Maroto!

Fuí a la cocina. El soldado estaba preparando el fuego y cantando:

Para mi padre

le traigo una espuela;

para mi madre,