un pañuelo de seda.
Charlé un rato con este muchacho, que me habló de Cigales, su pueblo, y me contó por qué circunstancias estaba en la facción.
Luego salí a la calle. Había grandes corros de soldados en las plazas y en las puertas de las tabernas. Le encontré al fraile compañero de cuarto. Me dijo, celebrándolo, que todos los curas, apostólicos y empleados, habían echado a correr como liebres a salvar la preciosa vida. Cerca de Lecumberri, Maroto había atrapado al general Sanz, que iba huído.
De Lecumberri, al bajar a Irurzun, pasando por las Dos Hermanas, un momento antes de llegar a Atondo, en una vuelta que forma el camino entre el río Larraun y una piedra que sobresale cerca del paso de Osquia, tropezaron los caballos de Maroto y del intendente Uriz, que marchaba también escapado. Maroto mandó prenderlo, y con Sanz y Uriz, presos, entró en Estella.
El general García había hecho la baladronada de asomarse al balcón de su casa con sus ayudantes a ver la entrada de Maroto, y no le había saludado ni se había presentado a él. Se decía que los batallones navarros estaban tomando posiciones en las casas del pueblo y en la carretera de Pamplona y de Logroño para oponerse al avance de Maroto, pero no era verdad.
Fuimos el fraile y yo adonde se alojaba María, y nos dijeron que no estaba. Entonces volvimos a casa y advertimos en la calle de San Nicolás mucho bullicio. De pronto vimos pasar un cura, rodeado de soldados. Como ya estaba obscurecido, no se le veían las facciones.
—¿Qué ocurre?—preguntó el fraile a una vieja.
—Dicen que al general García acaban de prenderle.
—Y ese cura, ¿quién es?
—No sé.