El cura era el general García, que, disfrazado con sotana y manteo, había querido escapar por el portal de San Nicolás.
Nos asomamos el fraile y yo al portal, un arco negro, pequeño, con un farolillo de una luz triste encima, que iluminaba una imagen de un Cristo. Dos oficiales nos intimaron violentamente a marcharnos de allá.
VI.
LA ENCERRONA
Volví a entrar en casa y me metí en la cocina, iluminada por la luz del candil. El soldado de Cigales seguía cantando y cuidando del rancho. Hablamos del asunto del día.
Charlaba con el soldado cuando vino la patrona, conmovida por el suceso ocurrido en la vecindad: la prisión del general García. La mujer del general García había suplicado a su marido que se fuera, y que se fuera de Estella, pero él no quiso; luego había estado en su casa el cura de San Pedro, que le convenció, le dió su sotana, el manteo y la teja, y García fué a casa del cura y estuvo allí una hora, hasta que quiso escapar saliendo por el portal de San Nicolás, donde le detuvo el centinela.
Se decía que lo iban a fusilar, y que lo iban a fusilar vestido de cura.
En esto entró una vieja preguntando por mí y me dió una carta. La abrí. Decía lo siguiente:
«A María Luisa la han llevado engañada a una casa de la calle del Chapitel dos hombres del 5.º batallón, y la tienen allí presa. Avísele usted a Bertache, que está alojado en el callejón sin salida de la calle de la Calderería, en la casa del fondo, a la derecha, y entre los dos, y mejor si llevan algún compañero, pueden salvarla. Quémeme usted esta carta.