Un amigo.»
—¿Y la vieja que ha traído esta carta?—le pregunté a la patrona.
—Pues se ha marchado.
—¿La conoce usted?
—No.
Me hubiera gustado hacerle algunas preguntas; pero yo había estado muy lento, o ella muy rápida, porque, aunque me asomé corriendo a la calle, no la vi.
Quemé la carta en el fuego de la cocina, subí a mi cuarto y me metí una pistola en el bolsillo. Me eché el impermeable sobre los hombros y me dispuse a buscar a Bertache.
No llovía; la noche estaba húmeda; al pasar por el puente del Azucarero estuve un momento contemplando la luna, que asomaba por encima de los tejados y se reflejaba en el río.
El pueblo estaba desierto. Se habían cerrado todas las tiendas y las puertas de las casas. Fuí a la plaza. Allí había grupos y corrillos de militares y de algunos curiosos. Los militares decían que había que fusilar a García, a Guergué y a sus amigos, y seguir el mismo procedimiento con los traidores del Cuartel Real.
Me alejé de la plaza y me metí en el callejón sin salida de la calle de la Calderería.