Avancé hasta el fondo y vi a mano derecha una puerta entornada.
Llamé, dando unas palmadas. Apareció una vieja, la que me había entregado la carta, alumbrándose con un candil. Era una vieja bruja, encorvada, de ojos negros, nariz afilada y boca sumida.
—¿Está aquí Bertache?—le pregunté.
—Sí; pase usted.
Avancé en el portal y me sentí de pronto que me taparon la boca y que me agarraron por los brazos y la cintura.
—Otro que ha caído en la trampa—dijo una voz.
Me registraron, me quitaron la pistola, abrieron una puerta y me hicieron bajar las escaleras de una bodega iluminada por un candil. Allí, sentados en un banco, con los pies y las manos atados, estaban María Luisa Taboada y Salvador, el espía del hotel de Bayona.
Hice un movimiento de sorpresa.
—¡Parece que te asombras!—dijo una voz burlona.
No contesté, y me dejé atar brazos y pies.