—Muy bonito. Sí.

En la confusión de mi cerebro, Gracia Real me parecía que debía ser algún pájaro de muchos colores.

—Su Majestad me ha tomado afecto—siguió diciendo Vinuesa—. Tuve que seguir, con el Real, andando de acá para allá, y el día veinte de febrero, ¡a mí me parece que han pasado no días, sino años desde esa fecha!, una mañana de lluvia y de frío se nos presentó, yendo por el monte, el oficial don Joaquín Sacanell con un pliego, de parte de Maroto. «Léelo»—me dijo el Señor—. Yo empecé la lectura. Había un preámbulo largo, en que Maroto se quejaba de la indiferencia del Rey, que Don Carlos escuchó con indiferencia. Luego venían estas palabras, que se me han quedado grabadas en la memoria: «Es el caso, señor, que he mandado pasar por las armas a los generales Guergué, García, Sanz, al brigadier Carmona y al intendente Uriz...»

—¿Qué dices?—exclamó Don Carlos—. Eso no puede ser. Entremos aquí, en esta casa.

Pasamos a un caserío que se hallaba cerca del camino real, nos sentamos, y leí yo todo el parte de Maroto.

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios mío!—exclamó el Señor—. Estoy perdido. Maroto se ha vuelto loco o me hace traición. No digas nada y vamos pronto a Villafranca. Estoy sofocado. Necesito descansar. ¡Dios mío, qué disgustos me están dando!

Llegamos a Villafranca y tuvimos una conferencia con el Rey, Arias Teijeiro, el brigadier Montenegro y yo, y acordamos redactar una proclama declarando traidor al general Maroto, que comenzaba así: «Voluntarios, fieles vascongados y navarros».

Arias Teijeiro hizo observar que Maroto sentía gran odio por Balmaseda y que sería capaz de fusilarlo, teniéndole preso en el castillo de Guevara, y, para evitarlo, Don Carlos mandó, al momento, una esquela dirigida al gobernador del castillo de Guevara, que decía así: «Gaviria: pondrás en libertad, inmediatamente, a Balmaseda, porque así te lo manda y es la voluntad de tu Rey.—Carlos.»

Volvimos con el Real a Villafranca el 23 y se encontró Don Carlos con la dimisión del Ministerio.

—¿Qué harías tú?—me preguntó.