Lo que me molestaba era el dolor de cabeza, cada vez más creciente, que tenía.
—Pues bien: Su Majestad—siguió contando Vinuesa—me dijo que el objeto de llevarme al Real no era otro que nombrarme ministro de Estado, en una combinación pensada de acuerdo con el general Maroto. Me honra Su Majestad—le dije—, pero no creo que sirva para tan alto cargo. «¡Sí, sí; no has de servir!—me contestó—. Eres inteligente, culto y fiel.»
Luego me dijo que el ejército carlista mejoraba; que Maroto había conseguido restablecer la disciplina por completo, y que tenía la esperanza de poner sus tropas en un estado brillante, al que no habían llegado nunca.
—¿Así que Don Carlos estaba contento de Maroto?—pregunté yo, aunque en aquel momento no me interesaba nada la cosa.
—Mucho. A Maroto le da por la organización—me dijo Don Carlos.
—¡Le da por la organización!—repetí yo—. ¡Qué frase más poco napoleónica!
—A los tres o cuatro días el Señor me encargó que hiciera un proyecto de arreglo para la Secretaría de Estado, que fuera económico y sencillo; lo hice a la carrera, y, para recompensarme de los servicios que, según él, le había prestado, me nombró conde de Gracia Real.
—¡Gracia Real! Es bonito—murmuré yo.
—¿Le parece a usted?