—Sí; tengo una herida—contesté—. Usted tampoco tiene buen aspecto.
—Estoy acatarrado y no puedo con mi alma.
Estaba el hombre desconocido, flaco, macilento, con el pelo blanco.
—Vengo muerto—me dijo entre dos estornudos—. He pasado en el campo de Don Carlos unas semanas y vuelvo ansiando descansar. Aquello es un manicomio.
—¿Sí, eh?
—¡Un horror! Ya le contaré a usted.
Partió la diligencia. No íbamos en la berlina más que Vinuesa y yo, y el hombre se puso a hablar.
—Pues, sí—me dijo—; mientras he estado allá, no he tenido un día tranquilo. Llegué el siete de febrero a Villarreal, y el Señor me hizo alojar en una de las mejores casas del pueblo. Al día siguiente tuve mi primera audiencia con Su Majestad. ¿Usted no es carlista?
—No.
—¿Le molesta a usted que yo le dé este título de Majestad a Don Carlos?