—Se va usted a enfriar, amigo mío—le dije—; vale más que se vuelva usted a la cama si no quiere usted que le agujeree la piel.
El alemán se escabulló a la carrera.
Al día siguiente atravesamos, Cholín y yo, Velate, con nieve y frío y una niebla que no se veía a cinco pasos, llegando a Vera al anochecer, donde me sirvió el documento del alemán y del inglés, y nos hospedamos en la posada de Vera, que en mi ausencia había tomado el título pomposo de la Corona de Oro.
Como yo quería llegar a San Juan de Luz pronto, hablé al dueño de la Corona de Oro, quien me proporcionó un guía y un caballo, y salí con él por el camino de Inzola, después de pagar a Cholín Tripatriste. En la misma frontera nos encontramos con una patrulla de carlistas desharrapados. Les mostré mi salvoconducto y les di unas monedas, y me dejaron pasar.
A media noche llegué a San Juan de Luz y me acosté, muerto de fatiga.
XI.
OTRA VEZ VINUESA
Seguía malo y febril, no podía dormir. A la mañana siguiente de llegar tomé la diligencia. Me metí en un rincón de la berlina, y estaba con los ojos cerrados, cuando oí una voz conocida. Era Vinuesa.
—¿Qué le pasa a usted?—me dijo—. ¿Está usted enfermo?