—Completamente.
Seguimos nuestra marcha; llegamos al amanecer a Pamplona y dormimos en una posada. El segundo día tomamos la carretera de Ulzama y fuimos a parar a la venta de Arraiz.
Allí me prestaron un papel que tenía este título: «Ligera reseña de los medios usados por Maroto y su pandilla para alcanzar lo que ellos llaman su triunfo. Hecha por A. de C.»
Este A. de C. era fray Antonio de Casares. En su escrito, el fraile insultaba a Maroto y aseguraba que Gómez, Elío y Zaratiegui eran masones.
Este papel lo habían traído a la venta dos desertores del ejército carlista que marchaban a Francia. El uno era alemán; el otro, inglés. Hablaron conmigo, me tomaron por francés y me contaron sus aventuras.
El alemán era alto, flaco, de ojos azules, tostado por el sol; había peleado primero en las filas cristinas. En una ocasión había robado un Cristo de oro de una iglesia, tan pesado, que no había podido llevarlo. Le condenaron a muerte, se escapó y se pasó a los carlistas, donde había llegado a sargento. Me dijo riendo que se había bautizado varias veces para ser protegido por las señoras carlistas.
El inglés era una verdadera caricatura, un tipo de clown, con los ojos saltones y la boca de rana.
Tenían un documento para pasar la frontera, que podía servir muy bien para mí, y que me ofrecieron por cinco duros.
Acepté el trato; di el dinero y recibí el papel. Nos acostamos; y como yo no dormía apenas estos días, estuve largo tiempo despierto.
A media noche noté en el cuarto pasos y vi la luz vaga que entraba por un ventanillo, que el alemán se acercaba a mi cama, sin duda a registrar mi ropa. Inmediatamente me erguí yo en la cama con la pistola en la mano.