Pagué a la Coneja, y fuí a casa de la Martina, en donde supe que el oficial marotista se había muerto de las fiebres, y partí de Estella.
Tuve prisa, porque corría la versión de que cuando saliera Maroto habría represalias.
Efectivamente; al día siguiente de marchar yo evacuaron Estella las tropas de Maroto, y poco después entró Balmaseda.
Este quiso de nuevo sublevar los navarros contra Maroto, y dejó libres a los presos de las cárceles; pero su tentativa no logró el menor éxito, y tuvo que marchar huyendo hacia Aragón.
El capitán Gregorio me regaló una pistola para el camino.
Yo había pensado primero ir por Vergara a Deva o a Zumaya, y embarcarme allí; pero esto podía ser expuesto y complicado, y como tenía pasaporte y disponía del coche de Cholín, decidí marchar más lentamente por tierra hasta Francia.
Viajaríamos de noche.
El primer día de marcha fué día de emociones. Me quisieron detener a la salida de Estella, y pocas horas después oímos tiros. Estábamos en aquel momento delante de Cirauqui. La silueta quebrada del pueblo se destacaba negra y trágica en el cielo anubarrado y obscuro, sin una luz.
Seguían los tiros cada vez más cerca, tanto que Cholín paró el coche. Cuando cesaron, marchamos adelante. Poco después vimos un cuerpo en la carretera. Paró de nuevo Cholín, cogió el farol del coche y miró al caído.
—¿Está muerto?—pregunté yo.