—Bueno, chico, aquí te quedas. No se te molestará. Si me necesitas para alguna otra cosa, avísame.
Se fué el ex fraile convertido en capitán, y yo quedé en casa de la Coneja.
La Coneja se mostró muy amable conmigo.
Durante el día me trajo de comer y me contó lo que se decía en el pueblo.
Al parecer se daban toda clase de versiones para explicar la rapidez con que se había enterado Maroto de la conjura tramada contra él.
Unos decían que el delator había sido González Moreno, hombre muy odiado por los navarros; otros, que el general Alzaa había enviado a Maroto un anónimo; otros atribuían el descubrimiento de la intriga al consejero Arizaga, y otros, por último, al gobernador de Estella.
A los dos días se mejoró mi herida, y, el ex padre Gregorio me trajo un salvoconducto, y me dijo que Remacha estaba muriéndose. Me advirtió que me convenía marcharme pronto. Pregunté a la Coneja si conocería alguno que tuviera un cochecillo. Me dijo que sí.
Trajo un cochero. Era mi amigo Cholín Tripatriste.
Este me indicó que me llevaría a cualquier parte si le daba cincuenta pesetas al día.
—Nada, está hecho el trato.