—¿Qué pasa?—preguntó asomándose un oficial.

—Aquí hay un hombre que está herido.

Entró un oficial barbudo, me miró atentamente, y dijo:

—¡Cristo! ¡Tú eres Leguía!

—Sí.

—¿No me conoces?

—No.

Entonces el oficial, acercándose a mi oído, me dijo:

—El padre Gregorio.

Nos estrechamos la mano efusivamente y nos contamos nuestras mutuas aventuras. Le dije yo lo que me había pasado el día anterior en el callejón de la Calderería, y el ex padre Gregorio prometió traerme un salvoconducto especial.