Había que reconocer que Maroto era un hombre decidido, un hombre de agallas. Un jefe que se atrevía a fusilar a cuatro generales navarros, por tropas navarras, en una ciudad como Estella, que tenía una guarnición de navarros, era un valiente.
X.
DE ESTELLA A SAN JUAN DE LUZ
—Y usted, ¿qué va hacer?—me preguntó la Coneja.
—Esperaré aquí.
—Si le dejan, porque andan registrando las casas.
Efectivamente, al mediodía se oyó estrépito de pasos en la escalera y entraron varios soldados en la alcoba.
—¡Hala! ¡A levantarse!—me dijo uno.
—No, no. Yo estoy malo. Tengo mi pasaporte en regla.