—¿Dónde los han fusilado?

—En el Puy, en una era que hay detrás de la casa del Prior. La gente está indignada porque los han matado de espaldas y arrodillados, como a los traidores, y porque dicen que a García le han fusilado con la sotana que llevaba puesta cuando iba a escaparse.

La Coneja, por lo que contó, se había levantado temprano a lechucear.

Había visto pasar por la madrugada al general Guergué, que venía andando, con una escolta de caballería, y luego, poco después, al brigadier Carmona.

Al primero lo traían de Legaria, y al otro, de Cirauqui.

Los subieron a los dos al Puy, y una hora después los fusilaban.

El cadáver de Sanz lo pidió para enterrarlo la viuda de don Santos Ladrón.

Esta señora, que había tenido el sino de ver fusilar a su primer marido, general navarro y realista, veía fusilar a su futuro segundo marido, también general navarro y realista.

La vieja me dijo que el pueblo estaba desierto, que las tropas recorrían las calles e iban haciendo prisioneros, y todas las casas estaban cerradas.

Maroto, sin duda, se había decidido a dar el gran golpe. Teniendo entre las manos a García y a Sanz, había dado la orden de prender a Carmona y a Guergué, y a los cuatro generales, con el intendente Uriz, los había fusilado sobre la marcha. Al día siguiente le tocó el turno al secretario del Ministerio de la Guerra, Ibáñez, que fué también fusilado.