—No haga usted alguna imprudencia.
—Tengo que salir.
María salió; pasó una hora, y otra hora, y no volvió.
Me levanté yo como pude y llamé en la puerta, y entró la dueña de la casa, la Coneja. Era una mujer gruesa, con unos ojos redondos de lechuza, la nariz corva, los labios delgados y un aire entre burlón y suspicaz. Hablaba de una manera muy redicha.
—¿Qué le pasa a usted? ¿Le han herido?
—Sí, ya ve usted.
La Coneja creyó que me habían herido en su casa.
—¡No salga usted ahora, por Dios!—me dijo.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué era ese ruido de tambores?—le pregunté.
—Que han fusilado a los generales navarros Guergué, García, Sanz y Carmona.