Por la mañana siguiente, cuando me desperté de un sueño febril, vi a María Luisa, desnuda, arrodillada en el suelo y llorando.

—No haga usted locuras—le dije—, hace un frío terrible.

—He hecho una horrible traición, he cometido un tremendo pecado. ¿Qué va a ser de mí, Dios mío?

—Yo no le abandonaré a usted.

—¡Usted! Usted no tiene obligación ninguna conmigo. Mi reputación está perdida; mi conciencia no podrá recuperar su calma. Su amigo de usted, Aviraneta, es un monstruo.

—No sea usted injusta, María. En esta intriga ha seguido usted los consejos de otros amigos.

—No; ha sido él el que me ha perdido.

Conseguí que María se tranquilizara y se vistiera. Había adquirido ya su presencia de ánimo; yo estaba agotado y febril.

En esto, empezó a oírse un terrible estrépito de tambores y y cornetas.

—Voy a ver qué pasa—dijo María.