—A ver...—le toqué las manos—. No tiene usted nada. No se asuste usted.
—¿Qué haríamos? ¿Qué haríamos?
—¿Yo, sabe usted lo que haría, como usted?
—¿Qué?
—Hacerme sitio en la cama. Después de todo, quizá mañana nos vayan a fusilar...
María Luisa se incorporó como movida por un resorte.
—¿Sería usted capaz...?
—¿De violentarla? No. Nunca. Usted manda. Yo quisiera resarcirme de todas las angustias que he pasado. ¿Lo quiere usted también? Apague usted la luz. ¿No lo quiere? Tenga usted la luz encendida.
María me miró con estupefacción, y al poco rato apagó la luz.
Cuando me acerqué a ella, intentó rechazarme, pero luego cedió... Después del día, lleno de emociones, la noche, furiosa de erotismo.