Yo había oído esta relación dominado por el dolor de cabeza y el ruido de la diligencia.
—¡En Aviraneta y en mí!—exclamé yo, verdaderamente asombrado.
—Sí, en Aviraneta y en usted. Conozco—le dije al Señor—dos hombres de un talento extraordinario. El uno, es un hombre ya hecho, avezado a las revoluciones; el otro, es un joven activo, fuerte, lleno de inteligencia y de energía. A éste le encontré en Bayona y le conté que estaba denunciado, perseguido. En un momento lo arregló todo, y, al día siguiente, estaba en Vera.
—¿Y qué hacen esos hombres? ¿A qué se dedican?—me preguntó Don Carlos.
—El más viejo debe estar empleado; el joven es un comerciante rico.
—¿De dónde son?
—Creo que vascos.
—¿Y son tan inteligentes?
—Son dos cabezas privilegiadas. Han viajado, saben idiomas, conocen a los hombres...
—Gentes así, de arrestos, de energías, me convendrían. Consultaré el caso con el padre Gil. Vuelve mañana, a las nueve.