Al día siguiente me presenté a Su Majestad, quien me dijo:
—Tengo confianza en ti. Vuelve inmediatamente a Bayona y trae a los dos amigos tuyos. Le ofrecerás a cada uno, desde luego, diez mil duros, que te entregará el marqués de Lalande, con una libranza mía, y les dirás de mi parte, que, si satisfacen mis deseos, seré para ellos, no el rey, sino un amigo; y que llegado a Madrid y colocado en el trono de mis padres, haré lo que pidan y deseen. Así que ponte en camino cuanto antes.
Me despedí de Don Carlos, pasé por Vera el mismo día en que se esperaba que el general Urbiztondo llegara con el convoy de los desterrados a Francia, de orden de Maroto, y aquí estoy.
Todo esto me parecía una fantasía de sueño.
No comprendía cómo Vinuesa podía tener tanta influencia sobre Don Carlos para darle un consejo y convencerle.
Por otra parte, el consejo no era malo porque Aviraneta y yo en el Real de Don Carlos hubiéramos hecho algo trascendental.
—¿Qué me contesta usted?—me preguntó Vinuesa.
—Amigo Vinuesa—le dije, haciendo un esfuerzo—: es usted más bueno que el pan. Yo le agradezco a usted mucho lo que ha hecho por Aviraneta y por mí y los informes que ha dado usted a Don Carlos. Si yo creyera en el triunfo de la causa carlista y tuviera alguna simpatía por ella, aceptaría con entusiasmo esa misión; pero no tengo simpatía, ni creo en el triunfo del carlismo. Para mí, hoy por hoy, la causa carlista está perdida. Maroto, indudablemente, está de acuerdo con Espartero. Querer hacer revivir el carlismo es querer resucitar a un muerto.
—Pero a ustedes les convendría, aunque no fuera mas que por hacer su carrera, unirse a Don Carlos.
—Yo no puedo, y creo que Aviraneta, tampoco; pero pregúnteselo usted a él.