—Y usted, ¿por qué no puede?

—Porque soy... masón.

—¿Y Aviraneta es también masón?

—Sí.

Al decirlo me reía por dentro. Toda esta conversación me hacía el efecto de un sueño.

—Ah... ¿es usted masón?

—Sí.

—Entonces lo comprendo. El hacer traición a los francmasones le podría costar la vida.

—Es cierto.

—¿Y usted cree que Aviraneta no querrá?