—Desde luego, no.
—¿Y qué piensa usted que yo debo hacer ahora? ¿Cómo le contestaría a Don Carlos?
—Pues le escribe usted que ha venido usted a Bayona, que nos ha hablado, que hemos dicho que somos masones y que estamos comprometidos con los liberales. De paso le devuelve usted la libranza de los veinte mil duros, y le dice usted, con relación a usted mismo, que se va usted a quedar una temporada en Bayona hasta restablecerse. Porque usted, como yo, necesita reposo.
—Muy bien, muy bien. Es usted un verdadero amigo. Yo no estoy para nada con este catarro. Tengo la cabeza como un bombo. ¿Quiere usted redactarme esa carta?
—Bueno, cuando lleguemos a Bayona.
En el escritorio del hotel, y con grandes trabajos, redacté la carta.
—Es usted mi salvador—me dijo varias veces Vinuesa—; voy a ahora casa del marqués de Lalande, para que encamine mi carta al Real de Don Carlos.
Yo comencé a subir la escalera de mi hotel para llegar a mi cuarto. En la cabeza sentía unos golpes como de un martillo. Al llegar, me desnudé como pude y me metí en la cama; luego llamé a la criada y la dije que avisara a don Eugenio de Aviraneta, en la calle de la Moneda, 11, que había llegado.