XII.
ENFERMEDAD

Al poco tiempo vino Aviraneta, a quien conté todo lo que nos había ocurrido a María y a mí.

—He estado muy inquieto—me dijo—; he mandado tres mujeres al campo carlista para averiguar vuestro paradero: una, a la casa de la viuda de Zumalacárregui; otra, a Plasencia de las Armas, y la tercera, a Vergara. Esta última encontró vuestro paradero en Estella.

Después le conté cómo había hablado con Vinuesa, y su proposición de ir al Real de Don Carlos.

—¡Qué lástima que hayas hecho ese viaje estúpido, que te ha cansado y te ha reventado! Eso sí que hubiera valido la pena. ¡Ir de secretario íntimo de Don Carlos!

—Vaya usted, le dije yo. A usted también le invitan.

Se marchó Aviraneta, y toda la tarde y toda la noche la pasé con fiebre y con unos sueños raros, siempre alrededor de Estella.

Al día siguiente volvió don Eugenio, y al verme en la cama, me dijo:

—¿Todavía no te has levantado?

—No me siento con fuerzas—le contesté.