—¡Bah! No tienes nada. ¿Sabes quién me ha escrito?

—¿Quién?

—Corito. Me pregunta por ti. Dice que su madre le asegura que tú eres un desalmado, un hombre peligroso, y que ella no lo cree. Quiere que yo le conteste.

Esta noticia, que en circunstancias normales me hubiera hecho saltar de la cama, la recibí con perfecta indiferencia.

Al día siguiente la fiebre fué mayor, y don Eugenio se presentó con un médico; me tomó el pulso, me miró la lengua, y pocas horas después me pusieron en un colchón y me llevaron no comprendí adónde.

Por la mañana, cuando remitió la fiebre, vi que una monja me cuidaba, y supuse que me hallaba en un hospital. Debía de estar en una sala de pago. Las hermanas de la Caridad se acercaban a mi cama y me miraban. Yo no comprendía bien quiénes eran ni qué querían: vivía en mundo irreal y extraño. Por la mañana oía el canto de las monjas en la capilla, y este canto me producía unos sueños dulces, inefables.

Todas las mañanas la fiebre remitía un poco; luego aumentó de tal modo, que los intervalos se hicieron raros. Soñé mucho con María, y creí varias veces ver a mi lado a Corito. Por lo que me dijeron luego, canté y grité y eché discursos en mi delirio.

Por último, un día, tras de un largo sueño profundo, me desperté. Tenía tal debilidad, que no podía mover un dedo.

Poco después vi alrededor de mi cama a Aviraneta, a Corito, a doña Mercedes y a mi madre.

Quería hacer muchas preguntas, pero me dijeron que no hablase.