Unos días después, Corito me dijo que su madre y ella habían dispuesto que, cuando me pusiera bueno, nos casaríamos e iríamos a Madrid.
Ya sin fiebre, comencé a sentir una languidez y una tristeza cada día mayores. Tenía un sentimentalismo enfermizo. Cuando me hablaba Corito, tomaba sus manos entre las mías y lloraba como un niño.
Este sentimentalismo se complicó pronto en mí con una idea de remordimiento. Fué un día que vino Vinuesa a visitarme. Estuvo el hombre tan cariñoso conmigo, que me avergoncé de mi proceder con él.
Es posible que haya una moral de hombre sano y una moral de hombre enfermo; yo había pasado de la una a otra.
Tenía una idea de remordimiento de la que no me podía librar: el haber seducido a la muchacha alavesa en Bidart, el caso de María Luisa y el de la mujer de Vinuesa me turbaban el espíritu.
¿Para qué había hecho esto? No no lo comprendía. No me lo explicaba. Había seguido una tradición de violencia y de egoísmo, por que sí.
Todos mis amigos y conocidos aparecían al pie de la cama y me echaban en cara mi dureza y mi crueldad.
Indudablemente, los hombres tenemos una mezcla de bueno y de malo, de sombra y de luz; yo siempre había creído que en mí la zona de sombra era grande, pero ahora me parecía toda mi vida en sombra.
Cuando pude levantarme de la cama dejé el hospital y fuí de nuevo al hotel. Stratford vino varias veces a hablar conmigo, y estuvieron también doña Paca Falcón y Sara, su dependiente.
Cuando ya pude salir y hacía bueno, paseaba con doña Mercedes y Corito. Hablaba de vivir tranquilamente. La idea de exponerme y correr aventuras y peligros no me seducía. Mi impulso por la acción había desaparecido. Aquella fiebre, que me había durado cerca de dos meses, arrastró mis ambiciones, mis preocupaciones y mi erotismo.