Unos días después, Corito y yo nos casamos y fuimos a Madrid. María Cristina nos recibió, a mi suegra, a mi mujer y a mí, en Palacio. Al mes tenía yo un alto empleo.


En Madrid hice relaciones y comencé una nueva vida, tan desligada de la de Bayona, que ésta, en mi existencia, era como un prólogo completamente aislado del resto de ella.

De mis conocidos en Bayona, volví a ver años después a muy pocos. A Vinuesa le encontré y me llevó a su casa. No me hacía mucha gracia hablar con su mujer. Vinuesa se lamentó con Aviraneta de que yo no fuera a visitarle con frecuencia.

—Leguía no me quiere porque soy carlista—le dijo.

—Es un hombre seco y poco efusivo—le contestó don Eugenio.

Otro de mis conocidos, a quien vi en Madrid después de la guerra, fué García Orejón. Era de los convenidos de Vergara, y le habían dado un destino en la policía. Pensaba desempeñarlo durante cinco o seis años, y luego, retirarse a una finca que había comprado cerca de Córdoba.

Dentro de la burocracia fuí avanzando en mi carrera. Ya se me había pasado el brío, la confianza en mi fuerza.

Comprendí cuán inferior era en este sentido a Aviraneta, que llevaba más de treinta años en una constante aventura, y que aún no estaba saciado. Me pareció que lo más propio para mí, desde entonces, era ser espectador en las luchas políticas.

El decidirme a esta actitud hizo que fuera consultado y considerado como un diplomático sagaz.