XIV.
COMIENZA LA NUEVA VIDA
Se acercaba la época de mi matrimonio. Doña Mercedes aseguraba que en llegando a la Corte conseguiría para mí un buen empleo.
Después de hablar con Aviraneta, quien me dijo que no tenía nada que ver con el asunto, me entendí con Gomes Salcedo, y le cedí la casa de comisión Etchegaray y Leguía por veinte mil francos.
Me despedí de mis amigos de Bayona y de Aviraneta.
—Bueno—me dijo éste—, seguiremos el procedimiento de comunicarnos como antes, tú desde Madrid y yo desde Bayona.
—Mire usted—le dije—, no, don Eugenio. Me obligan a hacer otra vida, necesito independencia y libertad en los movimientos. No puedo perturbar la vida de estas dos mujeres. No quiero ser conspirador.
—Bueno, bueno, está bien—replicó Aviraneta, ofendido.
—No creo que se deba usted ofender; yo le debo a usted todo lo que soy, es cierto, pero también es cierto que ahora no voy a ser solo, y no quiero dar a mi mujer una vida de sobresaltos, teniendo a su marido vigilado y perseguido por la policía.
Me separé con tristeza de don Eugenio. ¿Qué iba a hacer? No podía tomar otra determinación.