—Y para mí también.
—Para ti algo más que simpática.
—¿Por qué dice usted eso?
—A mí no me engañas tú ni ella. Tiene uno el colmillo muy retorcido.
—No sé por qué supone usted que le quiero engañar.
—Bueno, bueno. Es asunto liquidado, y no hay que insistir en él. María es muy buena y, además, muy generosa. Todo el dinero que le he dado yo se lo ha entregado a Villarreal para sus deudas.
Unas semanas después estaba María de nuevo de regreso en Bayona, muy descontenta de su viaje. A Villarreal, como al padre Cirilo y a sus compañeros, que habían creído apoderarse del mando y formar el Ministerio a su manera, después de aniquilar al partido intransigente, les había salido mal la maniobra, y el despotismo militar se entronizó bajo la dirección absoluta de Maroto.
Villarreal, el padre Cirilo y sus amigos quedaron de nuevo cesantes y reducidos a la más absoluta impotencia.
Después de este último viaje, María volvió a otra casa de Bayona, como señorita de compañía, y se dijo que estaba entregada a la iglesia y que hacía con frecuencia ejercicios espirituales en la Congregación de San Vicente de Paul.