—María Luisa tiene una gran desconfianza y me espía. La he tendido un lazo para ver si me puedo fiar de ella, y ha caído en él.

—¿Qué ha hecho usted?

—Había observado estos últimos días que, en medio de la indiferencia que tiene ahora por todo, cuando la pasaba a mi despacho cambiaba de actitud y se ponía disimuladamente a ver si podía enterarse de algo; miraba los sellos de las cartas, los timbres de las fábricas de los papeles al trasluz, etcétera, etc. El otro día le avisé a la sobrina de mi patrona, una chica muy lista, que se llama Veronique, y le conté lo que me pasaba. Luego le pregunté si sería capaz de observar a María Luisa, para lo cual yo la dejaría a ésta sola en mi despacho, y ella, Veronique, podría mirarla desde una ventana pequeña que comunica mi cuarto con un corredor. Le prometí a la chica un sombrero, y ella dijo que haría lo que le dijese. Pusimos una escalera en el corredor, que es bastante obscuro, debajo del ventanillo, y yo redacté unas notas figuradas del ministro de la Gobernación, en que aparecía Maroto de acuerdo con Espartero, y fabriqué una clave falsa con el número cinco. Al día siguiente convidé a almorzar a María Luisa, y estando en la mesa, a los postres, hice que la criada me entregara una carta.

—Qué fastidio—dije a María—. El cónsul me llama. Usted haga lo que quiera; si quiere usted marcharse, se va; si no, puede usted entrar en mi despacho, donde hay libros y periódicos.

—Me quedaré un rato—contestó ella.

Yo tomé mi sombrero y salí a la calle. María Luisa, poco después, salió del comedor, entró en mi despacho, y lentamente cerró la puerta con pestillo. Veronique, la sobrina de mi patrona, se colocó en su atalaya. María Luisa abrió los cajones de mi mesa y principió a examinar los papeles uno por uno; luego encontró las notas que yo había escrito la noche anterior, con la clave cifrada. Inmediatamente que María Luisa tropezó con estos papeles se puso a copiarlos; luego encendió una vela y sacó tres impresiones en lacre de los tres sellos que yo uso. Acabada la obra se guardó todo en el pecho, descorrió el pestillo de la puerta, la dejó entornada y se puso a leer los periódicos. Cuando volví yo de mi paseo me encontré a María Luisa más jovial que de costumbre. Le dije que el cónsul Gamboa me molestaba por cosas de poca importancia, y le invité a que volviera a almorzar conmigo al día siguiente. Veronique me dió cuenta exacta de todo lo que había observado, y ya tiene su sombrerito.

—¡Cómo desmoraliza usted al pueblo!

—¡Pues mira que tú!

—¿Va usted a prescindir de María?

—No; le he propuesto un nuevo viaje al campo carlista; por ella sabré lo que piensan Villarreal y sus amigos. Para mí, María es una mujer muy simpática.