Estuvimos un rato en silencio.
—¿Se va usted a casar?—me dijo.
—Sí.
—¿Le quiere usted a su novia?
—Sí; pero si usted hubiere querido, me hubiese casado con usted.
—Más vale que se case usted con ella.
—Sí; nosotros no nos hubiéramos entendido nunca.
Al despedirme de María Luisa me dió la mano cordialmente.
Una semana después, don Eugenio me dijo maliciosamente: