Por entonces, en la fonda de San Esteban, había algunas personas fijas como yo: un profesor del Liceo, monsieur Teinturier, varios militares y un señor rico que quería ser elegante. Este señor se llamaba Tartas. El señor de Tartas tenía ya cerca de cincuenta años, pero pretendía pasar por joven; vestía a la última moda; llevaba una peluca muy bien disimulada; era gordo, rechoncho, ventrudo, con los dientes postizos, el bigote pintado, y con corsé. Era voluptuoso y goloso. Las modistas y los pasteles de crema eran sus debilidades. Yo le decía Tartas, el elegante, y algunos chuscos le habían llamado por su laminería Tartas a la crema, lo que recordaba la Tarte â la crême, de Molière. Tartas tenía un color rubio falso y una piel rojiza: parecía un cochinillo asado. Se las echaba de muchacho y solía pasearse conmigo por los Arcos del Puerto Nuevo hablando de sus conquistas y mirándose en todos los escaparates.
Tartas era mentiroso y farsante como pocos, un verdadero gascón. A creerle a él, con la historia de sus antepasados, y con la suya, y con sus amores, se podían hacer tomos y tomos. La preocupación íntima de Tartas era no ser bastante alto. Respecto a todas las demás particularidades de su físico, estaba convencido de que eran encantadoras. Tenía un abdomen abultado, pero esto era una señal de fuerza; tenía un color rojizo, pero hacía bien, su optimismo no podía conseguir el que se creyera de buena estatura.
La amistad con Tartas me daba a mí también un aire de donjuanismo y de fatuidad que no estaba mal para un hombre que, como yo, iba a intentar una segunda vida de conspirador.
Otro de los huéspedes de la fonda era el profesor Teinturier, joven, del centro de Francia, de unos veinticinco a treinta años. Teinturier era un tipo de galo: tenía una cara juanetuda y cuadrada, una mirada dura y fuerte, los labios gruesos, la barba cobriza y las manos fuertes.
Era muy radical en sus ideas y muy tímido con las mujeres.
Teinturier y Tartas se despreciaban mutuamente; yo comprendía que valía mucho más el profesor que aquel dandy grasiento, encorsetado y repintado; pero éste tenía más relaciones, y me incliné a reunirme con él.
También venía a pasear con nosotros un abate, el abate d'Arzacq, que vivía en la misma fonda. El abate d'Arzacq era un hombre rubio, sonriente, sonrosado, anticuario y coleccionista de monedas. Yo le conocía de casa de la Falcón, porque era uno de los contertulios de la tienda de antigüedades. D'Arzacq tenía un aire tan insinuante y tan burlón, que parecía que debía ser inteligentísimo. A mí me daba la impresión de un cínife, pero en él todo era fachada.
El abate d'Arzacq era un hombre hecho para las reverencias: las hacía maravillosamente. En compañía del señor de Tartas conocí a algunas chicas guapas que estaban en los comercios, y con el abate d'Arzacq visité a varias familias de la buena sociedad bayonesa, que, naturalmente, eran clericales y legitimistas.