Los bayoneses se mostraban amables y, al mismo tiempo, explotadores y sórdidos. Quizá en una ciudad española hubiéramos hecho lo mismo, aunque yo creo que, en general, los españoles hubiéramos sido con los extranjeros menos amables y menos sórdidos.

MIS PASEOS

A veces iba a las Allées Marines, hasta la colina de Blanc-Pignon; otras, daba la vuelta a las murallas; pero lo que más me atraía eran las proximidades del Nive. El Adour, como río gascón, me era más antipático que el Nive.

Iba por los muelles de una y otra orilla, paseaba por los arcos bajos de la Galupèrie y del Pont Traversant y veía las gabarras y las chalanas que bajaban de Ustariz y de Cambo. Cruzaba los puentes de madera, el Puente Mayou y el Puente Panecau, y contemplaba las casuchas sórdidas y sucias de los muelles.

Al bajar hacia la plaza de Armas contemplaba la animación del puente de Saint-Esprit, puente de madera tendido sobre barcas, y veía el puerto, ya en el Adour, con sus goletas, sus bergantines y sus pataches.

La larga fila de embarcaciones, que comenzaba en la confluencia del Nive y del Adour, se extendía por el muelle de la Aduana, a lo largo de la reja de la plaza de Armas, hacia las Allées Marines.

Los carros de bueyes iban y venían; los obreros del muelle, con sus sacos en la cabeza como capuchas y los pies descalzos, cargaban y descargaban las barricas de vino y de aguardiente de Armagnac, las maderas de los Pirineos y de las Landas, los sacos de harina del centro de Francia, los fardos de pita americana para los alpargateros y los cordeleros. El sol daba en el Adour de una manera lánguida, y las gaviotas jugueteaban sobre las aguas muertas de este río, que deja de ser un torrente para convertirse en seguida en un pantano.

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