Había muchos espías en Bayona, en los dos bandos, que no lo eran por dinero, sino per l'onore.
Los carlistas españoles no tenían el aire de casaca, lazo y peluca que querían darles los legitimistas franceses, ni el aspecto de bandidos siniestros con que los pintaban los liberales. Su carácter estaba más en sus ideas que en sus actitudes y sus trajes: en el sello reconcentrado y un tanto sombrío de todo lo español. El carlista tenía la candidez de creer que la vida española era superior a todas las demás, y suponía que el español era más inteligente, más comprensivo y más enérgico que los demás hombres.
Yo no tenía por ellos la menor simpatía. Aviraneta, en cambio, experimentaba por estos absolutistas cierto afecto, y les reconocía el mérito de ser patriotas.
Entre los carlistas los había de todas clases: fanáticos, moderados, absolutistas, de un clericalismo cerril, y verdaderos liberales. Unos llevaban una vida pobre y austera; otros se mezclaban en toda clase de negocios. Los más pedantes eran los que se llamaban a sí mismo los puros. La pureza, la incorruptibilidad, es un tópico de todas las revoluciones. Generalmente, ser puro es ser más estólido e incomprensivo que los demás, no avenirse a razones y no discurrir.
Muchos de estos pobres carlistas habían ido a Bayona, arruinándose, y vivían en una situación precaria. Las señoritas distinguidas trabajaban para fuera con gran misterio.
La misma situación precaria hacía que aquellos soldados de Cristo se enredaran con la primera aventurera o fregona que encontraran al paso, sin considerar indispensable la bendición de un clérigo.
Se había unido la inmoralidad de la vida provinciana francesa con la hipocresía y la mojigatería española en silencio. Aquel viejo mundo español decrépito, cuya esencia representaba el carlismo, con sus generales inútiles, sus frailes y curas fanáticos y sus guerrilleros atrevidos y crueles, había hecho su nido en la tranquila Bayona, ciudad burguesa, que aparentemente tenía una moral muy respetable, pero en la que había mucho mar de fondo.
De esta unión resultaba que la ciudad estaba más españolizada que nunca y que en casi todos los comercios se hablaba castellano.
Se vendían en las tiendas muchos objetos de procedencia española y americana: joyas, relojes, anillos, cuadros, imágenes, tabaqueras, vajillas de plata y cadenas gruesas de oro, traídas de Méjico.
Se decía que el comercio bayonés marchaba mal, probablemente a causa del cierre de la frontera.