LOS CARLISTAS

Bayona, al principio, me pareció un pueblo triste, aburrido; luego, ya me fué gustando más. Con sus murallas, sus castillos, su ciudadela, sus puertas estrechas, me oprimía el corazón. Había días que me parecían de una longitud inusitada, y desde que me levantaba hasta que sonaban, a las diez de la noche, los tambores y las cornetas, que anunciaban que se cerraban los portales, con sus puentes levadizos, creía haber pasado lo menos una semana.

Esta ciudad militar y comerciante, tranquila y soñolienta, un poco española, un poco bearnesa, un poco vasca y un poco judía, encerraba entonces en su seno, una emigración de carlistas, la mayoría gente bárbara, violenta, sanguinaria, y, sin embargo, no se notaba apenas.

Unicamente por la mañana, en la encrucijada de los Cuatro Cantones o en el café de enfrente del teatro de la plaza Grammont, se veían grupos de hombres hablando español, que se escabullían en seguida.

En la calle de España, con sus tiendas españolas de ultramarinos, de zapaterías y lencerías, se oía hablar mucho castellano, y por el aire de los tipos se comprendía que eran carlistas riojanos y navarros.

En los alrededores de la plaza de los Capuchinos, del Pequeño Bayona, que era como una aldea, estaba el punto central de las posadas vascas y se oía hablar mucho vascuense, y se hacían negocios entre contrabandistas, guerrilleros y negociantes; pero, en general, los carlistas en Bayona, como gallinas en corral ajeno, alborotaban poco.

Bayona era entonces una gran casa de huéspedes; por cualquier parte, por cualquier rincón, aparecía un carlista.

Las tiendas que tenían una tertulia española eran un centro de intrigas políticas.

Se hacían muchas compras de armas y de vestuario por delante de las narices del cónsul de España, sin que éste se enterara. Los judíos bayoneses habían puesto dinero en el carlismo.

Todo el mundo intrigaba: unos por fanatismo, otros por ambición, otros por dinero. Había algunos que lo hacían por amor al arte. Algún tiempo después, estando en París, oí contar que un napolitano fué a ofrecer trabajo a un editor. Este le dijo:—No lo quiero porque sé que es usted un espía.—Es cierto—contestó el italiano—que soy un espía, pero no por el dinero, ma per l'onore.